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El último funeral con el hacha y la serpiente de ETA

Mató a un taxista, a un policía, al dueño de un bar… así hasta 18. Pero los suyos le llamaban ‘Angelín’

Gracias a él y otros etarras, fugados de ETA como De Juana tienen cobijo en Venezuela. Su funeral aquí sería delito

Son las cinco de la tarde y llueve sobre Caracas. Un puñado de personas pliega sus paraguas en la funeraria Vallés, que se precia de ser la primera y más elegante de Venezuela. En el centro de la sala, entre sillas tapizadas, se alza un féretro con la tapa abierta. Lo cubre una gran pancarta de ETA, como una manta que resguarda al muerto del frío.

Al fondo, en la pared, coronando el altar, un cuadro igual: las mismas tres siglas, la serpiente (la astucia, el sigilo) enrollada a un hacha (la fuerza) y el lema que siempre las acompaña, el “bietan jarrai” (adelante con las dos: con la vía política y con la militar). Es el símbolo al que, 44 años atrás, se abrazó quien hoy descansa entre la ikurriña y la bandera estrellada de la Venezuela bolivariana. Su rostro era uno de los más buscados por la Guardia Civil. Se llama -se llamaba- Miguel Ángel Aldana Barrena, alias Askatu (libre), y sus amigos le apodaban Angelín. Aunque su historial dista de ser propio de un ángel.

Como Ignacio de Juana Chaos, a quien Antena 3 acaba de localizar al frente de una nueva tasca y licorería en Chichiriviche, Angelín encontró hace años su refugio en Venezuela, con la ventaja de haber pasado más inadvertido entre la veintena de etarras con causas abiertas que siguen cobijados en la tambaleante república de Nicolás Maduro. Aunque Angelín era más veterano que De Juana. Huyó de España hace mucho. Y seguramente no habría reconocido el País Vasco donde, a finales de los 70, empuñó las pistolas.

Criado en un caserío en el barrio rural de Gorocica (en Mújica, Vizcaya), y baserritarra (agricultor) como sus padres, dejó de estudiar a los 14 años. Desde las juventudes del PNV saltó, con 23 años, a ETA, según cuenta a Crónica un ex compañero de filas. Le capturaron y fue a la cárcel, pero salió gracias a la Ley de Amnistía de 1977. Pudo parar entonces, pero decidió no hacerlo. Las fuerzas de seguridad estiman que mató a 18 personas en unos 30 atentados de los comandos Kioto y Bizkaia: un taxista, el dueño de un bar, un policía…

No pagó por ello. Pronto cruzó la frontera y ahí empezó un largo periplo. Estuvo desterrado en la pequeña isla de Yeu y en 1985 Francia lo deportó a Quito. Su siguiente destino fue Santo Domingo y el siguiente, Panamá, donde el nuncio vaticano Antonio Laboa lo refugió junto a otros etarras (y al general Noriega) ante la invasión norteamericana de diciembre de 1989. En el avión personal del entonces presidente de Venezuela, el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, y a petición del Gobierno de Felipe González, Angelín voló a Caracas.

Era el 10 de febrero de 1990 y el país caribeño le recibió con los brazos abiertos. Los representantes de HB estaban bien relacionados con todo el arco parlamentario, los etarras cobraban cada mes una ayuda oficial que garantizaba su manutención y las redes tejidas por el sector más extremista de la colonia vasca se ocupaban de buscarles trabajo. No eran unos recién llegados. De hecho, en Venezuela ETA creó su primera célula en el extranjero, poco después de nacer, en 1959, según cuenta Gaizka Fernández Soldevilla en su libro La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA (Tecnos).

Ocho años después de aquel aterrizaje, la llegada del ex golpista Hugo Chávez (un “claro referente para Euskal Herria”, según dijo la dirigente abertzale Jone Goirizelaia) mejoró sus expectativas. El Gobierno bolivariano llegó a prometerle la nacionalidad, aunque la presión internacional le obligó a dar marcha atrás. También lo detuvo cuando en 1999 intentó huir rumbo a Holanda; pero pronto quedó libre. Chávez nunca lo extraditó, como pedía la Audiencia Nacional: arguyó que no lograba encontrarle.

Sí lo hizo la prensa española. En abril de 1996 se supo que Angelín vivía, ironías del destino, en la primera ciudad del continente americano fundada por los españoles en 1521, Cumaná, una bonita localidad playera al oeste del país. Más tarde trascendió que hasta 2009 trabajó en un taller de reparación de atuneros ayudado por otros etarras y que, cumplidos los 60 años, empezó a vivir de las ayudas sociales.

“Algunos en Venezuela hicieron carrera, pero éste no era un tipo con formación, no podía ser más que obrero”, dice el hombre que compartió con él sus inicios en ETA. “Algunos [huidos y deportados] han empezado a volver [al País Vasco], como su hermano Alberto, que no tiene ya causas pendientes… La mayoría están alcoholizados y no saben hacer otra cosa que ir de txikitos“, apunta con sarcasmo triste.

El pasado domingo 3 de abril Angelín se despidió a los 67 años víctima de una enfermedad, entubado en la habitación de un hospital venezolano. Miró a la cámara con el puño en alto. No hay nada como morir coherente.

PUÑO EN ALTO. ‘Angelín’ murió enfermo el pasado domingo en un hospital venezolano (sobre estas líneas). Tenía 67 años. 44 de ellos los pasó en ETA y 26, en Venezuela, donde trabajó en un taller de atuneros y cobró ayudas sociales del Gobierno.

Su funeral, dos días después, fue considerado probablemente en España un acto de apología del terrorismo: aquí los allegados a los miembros de ETA se conforman a estas alturas con una ikurriña, y si colocan un anagrama de la banda, la imagen no se difunde. Pero en Caracas su último adiós discurrió con toda la parafernalia tradicional y con la publicidad de la denominada Coordinadora Simón Bolívar.

En la funeraria le lloró Ana María Petralanda, otra “exiliada” con la que Angelín tuvo tres hijos. (Como Garazi, que ha seguido sus pasos: fue detenida en 2003 en Francia junto al ex capo de ETA Ibón Fernández de Iradi, Susper, y condenada). Los reunidos glorificaron la “lucha” del fallecido por la “emancipación” y el “socialismo”… Sonaron versos del País Vasco francés, canciones de Alí Primera (el cantante preferido por Chávez) y del vasco Mikel Laboa. Y, con los puños alzados, cantaron el Eusko Gudariak. “Somos los luchadores vascos / para liberar Euskadi / Estamos dispuestos a dar / nuestra sangre por ella”.

Decían de él que “ofrendó toda su vida por los más altos ideales revolucionarios”. Que fue “un revolucionario cabal”, un defensor de los “derechos humanos”. Algunos cogieron uno de los rotuladores negros colocados sobre las enseñas que velaban el cadáver y le dedicaron un mensaje postrero. “Honor y gloria a aquéllos que luchan toda una vida para que otros podamos seguir viviendo”. “Orgullosos”. “Fuiste roble, vertical, íntegro”. “Angelín, recogemos tu morral”.

Fecha: 15 abril 2016

Fuente: http://www.elmundo.es/cronica/2016/04/15/5707f684268e3e9a1e8b465a.html

 

 

 

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