Cada año, por estas fechas, la Policía Nacional distingue a algunos de sus agentes con condecoraciones: cruces rojas –que llevan aparejadas una pensión– y cruces blancas. Ambas son un reconocimiento a una trayectoria brillante, a un servicio puntual o a algún acto especialmente meritorio o heroico. Y cada año, hay alguna polémica en torno a los criterios de reparto de estas medallas.

He repasado la lista de los condecorados este año y conozco a unos cuantos. Más de 25 años cubriendo información policial da para que también conozca a muchos otros que no han tenido este reconocimiento. Pocas veces unas cruces fueron tan indiscutibles como las 46 con las que ha sido recompensada la operación Candy, la caza del pederasta de Ciudad Lineal. Y pocas veces la ausencia de unas cruces ha sido tan discutida como las que no se han llevado la mayoría de los agentes de la Unidad de Intervención Policial (UIP) emboscados la noche de las marchas por la dignidad. Alguno de ellos regresó a casa con la cabeza cosida y pudo contarlo porque sus compañeros le protegieron de la lluvia de piedras y adoquines con sus propios cuerpos.

Pocas veces unas cruces fueron tan indiscutibles como las 46 con las que ha sido recompensada la ‘operación Candy’, la caza del pederasta de Ciudad Lineal

Desconozco cuáles son los criterios para otorgar esas cruces. Sé que entre los premiados hay policías que han trabajado en investigaciones complejísimas, que le han quitado tiempo a sus familias para cazar a delincuentes, aún a sabiendas de que iban a durar poco entre rejas. Pero entre los no premiados también hay policías capaces de empezar a seguir a un malo por la mañana en Villaverde y acabar la noche de ese mismo día en Lugo sin ni siquiera poder cambiarse de ropa interior y volverse a Madrid de vacío, con muchas horas de falta de sueño y la frustración de no haber podido engrilletar al delincuente.

Entre los ganadores de cruces hay policías capaces de analizar durante un año entero cuentas, balances y movimientos bancarios, como haría un entomólogo con un insecto, para destapar a un estafador que llevaba década y media burlando a la justicia y ganando millones de euros de forma fraudulenta. Pero entre los no condecorados hay agentes que se han dejado la mitad de sus carreras profesionales persiguiendo a corruptos, sin importarles el color de sus carnés, y que han sufrido presiones desde todos los colores.

Estos días han recibido medallas agentes que han salvado la vida de suicidas, que no han dudado en arrojarse a las vías de metro para rescatar a alguien o que han sido capaces de meterse en un incendio para sacar de entre las llamas a una mujer. Todos ellos encarnan mejor que nadie la vocación de servicio que distingue a la Policía Nacional. Pero se han quedado sin medalla muchos otros que a diario patrullan nuestras calles, la parte más visible y accesible de la policía para el ciudadano. Muchos de ellos son agentes muy jóvenes, que tienen que tomar decisiones dramáticas en cuestión de segundos y que casi siempre aciertan. Son esos que se enfrentan cada día a la calle y sus miserias y peligros, un colectivo al que pertenecía Francisco Díaz Jiménez, el policía asesinado en Málaga por un indigente al que fue a identificar.

Verme en la misma lista que policías que han hecho servicios enormes, magníficos y han retirado de la circulación a decenas de indeseables, me hace sonrojar

Ente los policías condecorados hay veteranos luchadores contra la droga, tipos que han crecido como policías mientras veían crecer el tráfico de cocaína en las costas gallegas o en el estrecho de Gibraltar y que han dedicado sus vidas a retirar toneladas de mercancía, aún a sabiendas de que es una guerra que no ganarán nunca. Otros muchos policías que pasan sus jornadas revolcándose en la mugre de la Cañada Real o de cualquier otro supermercado del menudeo no han recibido ni este año ni nunca el reconocimiento de una labor tan ingrata como frustrante. Ni ellos ni muchos que a diario hacen de psicólogos y asistentes sociales en las oficinas de denuncias; ni otros tantos que dedican sus jornadas a acompañar y dar protección, cobijo y consuelo a mujeres maltratadas… No hay cruces suficientes para recompensar la labor de tantos.

Por todo ello, hoy siento una extraña mezcla de orgullo y sonrojo. Hoy recibo una medalla al Mérito Policial con distintivo blanco. Hace unos meses, los miembros de una unidad que me conocen y me soportan desde hace más de veinte años me propusieron para que me fuese concedida esa cruz blanca y así ha sido. Solo el hecho de que me propusieran para esa distinción me llenó de un inmenso orgullo. El hecho de que me la hayan concedido es un enorme honor. Verme en la misma lista que policías que han hecho servicios enormes, magníficos y han retirado de la circulación a decenas de indeseables, me hace sonrojar. Yo me limito a ver, observar, escuchar, aprender y contar. Nada más.

Me consta que este espacio de ZoomNews, que ahora cumple un año, es seguido por un buen número de policías. He recibido muchas felicitaciones y algunas críticas de agentes por estos artículos. En ellos cuento lo que veo, lo que oigo y narro las historias que me prestan algunos de ellos. Me sonroja pensar que yo he sido merecedor de una distinción que no tiene una persona que a lo largo de estos doce meses me ha prestado sus vivencias, me ha transmitido su inigualable pasión por su trabajo de policía y me ha hecho admirar y conocer más y mejor su profesión. A ella le debo muchas de estas ‘pringues’, suyas son. La mitad de mi cruz blanca es para ella y la otra mitad es para todos sus compañeros que han confiado en mí estos años y que han sabido mantener ese difícil equilibrio de confianza entre el reportero y el policía.
Fecha: 7 octubre 2014
Fuente: http://www.zoomnews.es/401227/pringue/medallas